Soberanía y desarrollo
Que todo proyecto de desarrollo requiere ampliar márgenes de soberanía debería ser una obviedad. Pero qué significa hoy esta noción resulta menos evidente, cuando la aceleración del cambio tecnológico y la competencia geopolítica entre Estados Unidos y China reorganizan la producción mundial y desarman el orden de la globalización neoliberal sin generar todavía otro que lo reemplace.
La respuesta más inmediata plantea la soberanía como un inventario: defensa, control sobre recursos naturales, tecnología propia, desendeudamiento externo, capital nacional. Sin embargo, la soberanía depende de la posición que un país consigue ocupar dentro de las redes jerárquicas globales que organizan la innovación, el financiamiento, la infraestructura y, por ende, la producción.

Posición en redes, no sólo activos
Pensar la soberanía como posición sistémica implica analizar las redes de poder económico, político, militar e ideológico que atraviesan a los países. Estas redes no distribuyen el poder de manera homogénea, sino que generan jerarquías en las que unos pocos nodos concentran conexiones, conocimiento y capacidad suficiente para fijar las condiciones en las que opera el resto.
Un Estado sería más soberano a medida que logra ubicar a la mayor cantidad posible de segmentos de su sociedad en posiciones más centrales y menos vulnerables dentro de las estructuras del capitalismo contemporáneo. La soberanía se juega en la capacidad de coordinar, negociar y escalar dentro de arquitecturas de poder que ningún actor controla por completo.
El proyecto de país de Milei y sus aliados internacionales, nacionales y subnacionales avanza en la dirección contraria. El gobierno debilita el sistema científico y tecnológico y recorta presupuestos educativos en un momento histórico en el que estas capacidades deberían ser más importantes que nunca. A eso se suma su estrategia de crecimiento basado en grandes inversiones promovidas mediante el RIGI y el Súper RIGI. El problema radica en conceder décadas de beneficios tributarios, aduaneros y cambiarios extraordinarios sin pautar siquiera la generación de encadenamientos productivos de ninguna especie.
Además, el alineamiento automático con Washington carece de lógica justo cuando el mundo se reorganiza en torno a la multipolaridad. Estados Unidos conserva poder militar, financiero y tecnológico; China demanda commodities y puede financiar infraestructura pero también desplaza capacidad industrial y fija estándares propios.
El territorio que se fragmenta
La posición externa tiene un correlato interno, porque las mismas fuerzas que organizan las redes globales reconfiguran el territorio nacional. Las provincias que producen lo que el mundo demanda —granos, hidrocarburos, litio, cobre— fortalecen su conexión con la demanda externa, mientras territorios que habían construido densidad industrial, como el conurbano bonaerense, el Gran Rosario o Córdoba, pierden complejidad productiva y empleo formal.
Cuando el empleo formal y las instituciones estatales retroceden, otras redes pueden ofrecer ingresos, protección o pertenencia: los mercados informales y las economías ilegales llegan a organizar poblaciones en los territorios en los cuales el Estado pierde presencia efectiva.
El Estado como articulador
Frente a esta doble fragmentación, la respuesta no puede ser la adaptación pasiva ni el repliegue autárquico. El bienestar de las mayorías depende de que haya crecimiento con mejoras de productividad, arraigo territorial, y oportunidades bien distribuidas. Esto exige un Estado capaz de articular tres vectores: las actividades que generan divisas, los sectores que sostienen el empleo y los entramados sociales, y las actividades próximas a la frontera tecnológica.
El sistema nuclear argentino muestra la potencia de este tipo de articulación. Argentina es uno de los pocos países del mundo que domina el ciclo completo del combustible nuclear. A través del CAREM, la CNEA buscaba proyectar estas capacidades hacia el diseño de reactores modulares de potencia, precisamente cuando esta tecnología adquiere nueva relevancia ante el crecimiento de la demanda eléctrica de los centros de datos que necesita la inteligencia artificial.

Sin embargo, mientras el ajuste presupuestario y la pérdida de personal especializado mantienen detenida la obra del CAREM, el Gobierno impulsa la propuesta de Meitner Energy para construir en Atucha el reactor ACR-300, diseñado por INVAP y patentado en Estados Unidos, con una sociedad que pertenece en un 60% al grupo estadounidense Ansari y en un 40% a INVAP, y que aspira a recibir los beneficios del Súper RIGI.
Lo problemático no es incorporar capital privado o extranjero, sino las condiciones de esa asociación: la capacidad tecnológica construida por el Estado argentino sería explotada mediante una sociedad bajo control mayoritario extranjero, mientras se debilita el sistema público que permitió generarla.
La posición se disputa
Ninguna posición está dada de una vez y para siempre. Una posición dentro de una red puede conquistarse, fortalecerse o perderse. Hoy la Argentina está en condiciones de hacer apuestas prometedoras en sectores como tecnología nuclear, biotecnología y software. La soberanía no es solamente un inventario de activos ni una declaración de autonomía. Es una posición que se construye y se disputa. De eso depende la posibilidad del desarrollo.
