El aumento de la mora ya instaló su propia agenda. Ocupa la atención pública y asoma como preocupación legislativa: proyectos de refinanciación, límites a las tasas, alivios transitorios para deudores. La pregunta que me interesa hacer no es cuánta mora hay hoy, sino cómo mirar ese dato en el largo plazo: qué categorías movilizamos para leerlo, qué transformaciones profundas viene a expresar, y qué futuro —o qué ausencia de futuro— nos está planteando.
1. Las deudas de los hogares, un eslabón perdido de las promesas y los fracasos de la democracia
Cuando empecé a escribir Una historia de cómo nos endeudamos partí de una convicción que no siempre resulta evidente: las deudas de los hogares —esas que no aparecen en los titulares sobre el FMI ni en las rondas de negociación con acreedores externos— son un territorio donde se juega, silenciosamente, el vínculo entre la sociedad y la política. La deuda no es, en este sentido, un dato residual de la economía doméstica: es un eslabón que conecta la vida cotidiana de las familias con el proyecto colectivo de la democracia.
2. Las deudas de los hogares son la fuente de una nueva cuestión social
El endeudamiento doméstico se ha convertido en una nueva cuestión social, fuente de desigualdad, explotación y, en ciertas configuraciones, de dominación. La vieja cuestión social del siglo XX se organizaba en torno a la relación salarial; hoy ese acceso está cada vez más mediado por la capacidad de los hogares de obtener financiamiento en un mercado del crédito heterogéneo y desigual. Esta nueva cuestión social condiciona, además, todos los proyectos políticos: alienta las versiones de extrema derecha que prometen romper con el orden existente, y exige a las versiones progresistas repensar sus estrategias de protección social incorporando la centralidad de la deuda en la vida cotidiana de los hogares.
3. Las deudas crecen donde fallan los derechos y la protección social
La evidencia empírica permite identificar con precisión quiénes cargan con el peso mayor de esta transformación: los hogares inquilinos, los hogares con niños y niñas y jefatura femenina, y, como novedad del período reciente, los trabajadores alcanzados por la precarización laboral. Donde un derecho falla —el acceso a una vivienda regulada, la protección de la crianza, la estabilidad del empleo— no aparece simplemente una necesidad insatisfecha: aparece una deuda.
4. Las deudas "amortiguan" el malestar pero direccionan el descontento político
¿Por qué el deterioro del bienestar sostenido de los hogares no produce, de manera automática, un estallido social visible? Parte de la respuesta está en la propia naturaleza de la deuda como experiencia vivida. En la Argentina, buena parte del endeudamiento popular es informal —con familiares, vecinos, el comercio del barrio— y esa informalidad, aunque genera un enorme desgaste emocional, no coloca al deudor bajo la amenaza constante del sistema financiero-bancario.
La deuda aspiracional —la que te permite comprarte una heladera, pagar la cuota del auto, planificar las vacaciones— crea un vínculo entre el esfuerzo presente y una promesa de futuro. La deuda de sacrificio es exactamente lo contrario: no te lleva a ningún lado. Es el precio de permanecer en el lugar. Y cuando esa experiencia se repite capa tras capa, gobierno tras gobierno, algo se rompe en la relación entre los hogares y la política.
Cuando ese sacrificio cotidiano no encontró ningún reconocimiento por parte de la política, se convirtió en malestar hacia el Estado, y ese malestar quedó disponible para la interpelación de un outsider que promete invertir los términos del sacrificio.
5. Las deudas de sacrificio son el desafío para una propuesta de futuro
El régimen de deuda sacrificial que describe la experiencia financiera de millones de hogares argentinos se construyó a lo largo de años —la pandemia, la inflación crónica, los salarios que no alcanzan, la informalidad estructural— y se profundiza con las políticas de ajuste de Milei.
Si el problema es la mora, discutimos tasas y refinanciaciones; pero si el problema son las deudas de sacrificio, discutimos derechos. Donde falla un derecho —laboral, social— no nace una necesidad. Nace una deuda de sacrificio.
El crédito es dinero aún no prestado; las deudas, dinero ya prestado. El primero es una relación con el futuro, las segundas con el pasado. Una sociedad con deudas carcome las expectativas sobre el porvenir que ofrecen las democracias, y atenta contra la ilusión de un mañana mejor, su ficción más necesaria e irrenunciable.
