La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo
Alan Kay
La guerra puso de manifiesto, una vez más, los problemas derivados de la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles, así como la vulnerabilidad de la economía global frente a las fluctuaciones de sus precios. El precio del petróleo ya superó los 100 dólares el barril y el del gas se duplicó.
Si en el pasado la transición energética encontró su argumentación en la meta de reducción de emisiones o como estrategia para un desarrollo industrial verde, hoy es la autonomía energética la que ocupa un lugar central en el discurso. Países como Alemania, India, Chile y Uruguay han logrado reducir la dependencia de importaciones de combustibles fósiles para la generación eléctrica sobre la base de la expansión de las renovables. Además, otros países de la región, como Chile, Uruguay y Colombia, están avanzando rápidamente en la electromovilidad por conveniencia de costos y políticas verdes. China e India se están convirtiendo en la electrificación en un motor de crecimiento sostenible, seguidos de un número importante de economías del sudeste asiático como Indonesia y Vietnam.
Mientras el mundo avanza hacia la reindustrialización y la construcción de competitividad en nuevos sectores y cadenas de valor, la Argentina marcha a contramano. Milei niega el rol de la política industrial y destruye capacidades manufactureras mediante una apertura comercial indiscriminada. Aún más: con el RIGI, en lugar de aprovechar nuestros recursos estratégicos para desarrollar industria y tecnología propias, apuesta por consolidar un modelo primarizado basado en la exportación de materias primas.
Panorama global de la transición energética
Dos nuevos factores destacan en el panorama tecnológico y productivo de la transición y hacen que las vacilaciones previas hoy se transformen en una orientación clara.
El primero es la emergencia de un conjunto de tecnologías verdes que ya son competitivas frente a la alternativa fósil sin necesidad de subsidios. Es el caso de las energías renovables y, en particular, de la solar fotovoltaica, cuyos costos nivelados de generación eléctrica se ubican hoy por debajo del costo marginal de generación a gas con la tecnología más eficiente —el ciclo combinado—. Los autos eléctricos, por su parte, también se aproximan a esa zona de competitividad, impulsados por las ganancias de eficiencia y por la reducción de costos en la producción de baterías. Este nuevo escenario no alcanza a todas las tecnologías, pero sí a un conjunto de las más maduras, lo que vuelve obsoleto el argumento de que “la transición es cara”.
El segundo factor es la potencia industrial de China en estas tecnologías, que ha resultado tan arrolladora que ha obligado a las grandes potencias a recalcular sus estrategias de industrialización verde. En el caso de Estados Unidos, esto se tradujo en un abandono de la carrera tecnológica, con el pasaje de la Inflation Reduction Act (IRA) de Biden —el paquete de política industrial verde más ambicioso de la historia norteamericana— a la One Big Beautiful Bill Act (OBBBA) y a la política del Drill Baby Drill de Trump. Ese viraje implica un retorno decidido al paradigma fósil, aunque con excepciones para tecnologías de uso dual (civil-militar) consideradas estratégicas, como las baterías para drones. En el caso de la Unión Europea, el ajuste fue distinto: una reorientación de su política industrial verde hacia la búsqueda de transferencia tecnológica y contenido local en las inversiones chinas en el continente. La política industrial, en definitiva, dejó de ser patrimonio exclusivo del mundo en desarrollo para convertirse en la norma de los países centrales, decididos a asegurarse un lugar en las nuevas tecnologías de la transición.
¿Qué significa para la Argentina?
Las implicaciones más significativas para Argentina, la región y el Sur Global se concentran en el impacto de este proceso en el precio de las materias primas. En efecto, el escenario actual nos coloca ante un nuevo ciclo de commodities, esta vez protagonizado por los minerales críticos. La demanda de materiales para la transición energética presiona al alza los precios del litio y del cobre, pero también del cobalto, las tierras raras y el uranio. El denominador común de todos ellos es su centralidad en las tecnologías energéticas, en la electrificación y en aplicaciones de uso dual.
El impacto directo en nuestras economías se expresa en dos procesos: la primarización de las exportaciones, producto del creciente peso de estos minerales en la canasta exportadora, y la desindustrialización de la estructura productiva, derivada de la posible pérdida de capacidades industriales si no existe una política de reconversión hacia los nuevos sectores dinámicos.
La transición en nuestro país parece cargada de contradicciones: “para qué ir a renovables si tenemos vaca muerta”, “¿por qué buscar agregar valor al litio si no podemos dominar las tecnologías de baterías?”, “Por qué hacer autos eléctricos si tienen menos piezas y, por lo tanto, generan menos empleo que los autos a combustión?”. Estos planteos son muy frecuentes, pero mientras este debate ocurre, las oportunidades se agotan. Ante estas preguntas es imprescindible revisar los principales hechos:
1.El avance y crecimiento de la transición está garantizado por al menos dos factores: una creciente ventaja de costos y sus implicancias sobre la seguridad energética. En 2025 más del 90% de la nueva demanda de energía eléctrica a nivel global se atendió con fuentes renovables. Las renovables y las baterías estacionarias explican la mayor proporción de la nueva capacidad instalada a nivel global. La electromovilidad continúa creciendo a pesar de los menores subsidios, especialmente en países dependientes de combustibles fósiles (ver los casos de Uruguay o Nepal).
2. La transición está fragmentada por la creciente tensión geopolítica. La estrategia de China se basa en la autonomía energética y la exportación de tecnologías limpias. EEUU, en cambio, ante un reconocimiento de incapacidad de competir, busca clausurar la trayectoria con quita de subsidios, pero también cancelando concesiones para proyectos eólicos y dando nuevas para la extracción de petróleo. Sin embargo, aún sostiene interés en tecnologías de uso dual y busca garantizar el abastecimiento de materiales críticos (por ejemplo, llama la atención de la sección 45X de IRA que da créditos fiscales a la manufactura de baterías, fue una de las pocas que subsistió al OBBBA).
3.La transición energética ya está reconfigurando nuestra estructura exportadora productiva. Las exportaciones de minerales muestran un fuerte crecimiento impulsado por el litio. Esta tendencia se consolidará y expandirá en los próximos años, especialmente en caso de que ingresen a producción alguno o varios de los proyectos de cobre que hoy se encuentran en etapas avanzadas. Por otra parte, nuestra industria manufacturera podría perder capacidades ya sea por demandas de nuevos estándares ambientales y reglas del comercio como CBAM (ajuste de carbono en frontera) de la UE o por pérdida de mercados frente a la actualización tecnológica. Por ejemplo, el sector automotriz ya enfrenta una fuerte crisis por la apertura de importaciones indiscriminada: en los últimos meses de 2025 cerca de un tercio de los autos importados por Argentina fueron eléctricos o híbridos y los países destino de nuestras exportaciones automotrices muestran las mayores tasas de crecimiento en electromovilidad.
En síntesis, las oportunidades se achican mientras se consolida una estructura productiva más primarizada bajo el modelo extractivista que configura el RIGI.
Hay otro camino
No hay un destino fatal. Otros países del Sur Global están observando este mundo en transformación y adecuando sus estructuras productivas hacia estrategias de desarrollo más sofisticadas. Los ejemplos pueden parecer lejanos, pero son elocuentes: Sudáfrica logró integrar el 70% de componentes locales en su industria eólica; Marruecos, aprovechando su proximidad a Europa, se encamina a convertirse en un hub de producción de autos eléctricos y baterías; Indonesia, a partir de la -para muchos controvertida- decisión de restringir las exportaciones de níquel sin procesar, consiguió radicar fundiciones locales y hoy aspira a que el control sobre ese mineral estratégico le permita construir una cadena completa de baterías y electromovilidad.
En la región, los casos de Brasil y México son emblemáticos, sobre todo porque demuestran que una estrategia de industrialización verde no es incompatible con seguir explotando hidrocarburos. Ambos muestran que se puede apostar a las tecnologías de la transición sin abandonar la base energética existente. En ese marco, resignar estas oportunidades industriales puede representar un golpe difícil de revertir para las estructuras productivas de los países latinoamericanos.
En síntesis, la transición energética no es un fenómeno lejano ni una agenda de países ricos: es una reconfiguración profunda de la economía mundial que ya afecta estructuras productivas, flujos comerciales y correlaciones de poder. La necesidad de coordinación entre países de la región, pero también con otras naciones del Sur Global —particularmente en materia de acceso a recursos críticos— parece el único camino posible para evitar un neoextractivismo. Por otra parte, la reconstrucción y expansión de capacidades industriales es condición necesaria para evitar un industricidio aún más profundo. El futuro de la Argentina también se juega ahí.

