Hay otro camino y lo estamos construyendo

“A esta altura a nadie se le escapa que la política económica del Gobierno de Milei se trata de un programa económico que nada tiene de austríaco, de anarcocapitalista o de liberal libertario. El plan económico de Milei, como varios planes neoliberales en nuestra historia, en particular la tablita de Martínez de Hoz, la convertibilidad de Cavallo o los primeros años de Macri, está compuesto de unos pocos instrumentos: planchar el dólar, deprimir los salarios, ajustar fuertemente la inversión pública, aplicar tarifazos e implementar una apertura importadora y una desregulación económica. El resultado es siempre el mismo: con el dólar quieto, reprimiendo los salarios y jubilaciones, la inflación se reduce, pero a costa de liquidar la demanda y el mercado interno primero, y la producción y el empleo, después. Veamos los números oficiales: desde que llegó Milei el salario mínimo cayó un 30% con respecto a noviembre de 2023 y la jubilación mínima se desplomó un 22%. Esta fuerte caída de los ingresos hizo que, a su vez, se desplomara el consumo.

Mientras en la imaginación del presidente todo anda bien y todo crece, en la realidad tenemos los peores niveles de consumo de carne, leche y yerba en décadas. Claro está que si no hay consumo, no hay ventas y, por tanto, se destruyen la producción y el empleo. No se produce ni se invierte si no hay a quién venderle.. El estimador de actividad económica de la provincia registró una caída de 4,4% en los primeros 13 meses de Milei. Mientras tanto, la industria se desploma un 10% y la construcción un 27%. Como consecuencia de esta política económica, se perdieron miles y miles de fuentes de trabajo: 170.000 empleos formales registrados fueron destruidos. Si se incluyen los informales, llegamos a 230.000 empleos pulverizados, un cuarto de millón de empleos destruidos por Milei. Hay 207.000 nuevos desocupados en todo el país, y 8 de cada 10 nuevos desempleados son bonaerenses.” 

“En cuanto a la motosierra, claramente no se usó contra la casta: el 81% del ajuste lo explican las jubilaciones y pensiones, las prestaciones sociales, la obra pública, las tarifas de energía, el boleto de transporte, recursos para Universidades y los fondos para las las Provincias. No hay casta en ninguno de esos sectores sobre los que Miei  descargó el ajuste. Pasando en limpio:  muchos perdedores y pocos ganadores, dando como resultado una mayor concentración de la riqueza en pocas manos, más desigualdad, menos oportunidades, y por ende, menos libertad para las mayorías. Este modelo resulta sumamente injusto, anti productivo y además altamente frágil e inestable ya que para sostenerse requiere de un flujo permanente de dólares que permita sustentar el tipo de cambio. Por eso la urgencia y la desesperación obsecuente para conseguir el auxilio del FMI. El FMI es un prestamista de última instancia de los países, eso quiere decir que está para ayudar, desde su fundación y según sus estatutos, a países que sufren grandes crisis o están directamente en la quiebra. Milei festeja que el FMI va a poner dinero fresco, al igual que festejó el gobierno de Macri. Pero todos sabemos que cuanto más presta el FMI, más complicado está el país. En fin, es una estafa piramidal: se la llevan unos pocos, dejan un tendal y la deuda la tiene que afrontar el pueblo argentino. Dolorosamente, los argentinos lo sabemos muy bien: más deuda externa es menos futuro.  

Finalmente, unas palabras sobre el equilibrio fiscal que tanto festeja el presidente: En primer lugar, ese equilibrio se consiguió, entre otras cosas, frenando toda la obra pública. ¿A ustedes les parece legítimo hacer eso en honor a una exigencia del FMI y a un fanatismo ideológico? En segundo lugar, Milei consiguió el equilibrio fiscal sobre la base de un mayor desequilibrio social: ¿qué clase de equilibrio goza una sociedad donde se le quitan los remedios a los jubilados, donde cae el consumo de leche, de carne y los servicios se vuelven impagables? En síntesis: nosotros creemos que reducir la inflación es un objetivo muy importante, y lo pude demostrar como Ministro de Economía, pero jamás se me ocurriría festejar un logro económico si requiere mayor sufrimiento del pueblo. La economía tiene que estar al servicio del pueblo, no el pueblo al servicio de la economía.”

Recorrida por el el nuevo edificio para la Escuela de Educación Artística N°1 de Lobos.

“Como Provincia, y al igual que las demás provincias, sufrimos la peor de las combinaciones, la peor de las paradojas: estamos bajo el ataque de un gobierno nacional que deserta. La agresión a la Provincia de Buenos Aires, que alcanzó su expresión más absurda y a la vez peligrosa en una amenaza de intervención por parte del Presidente, forma parte de una estrategia sistemática de ataque al federalismo y a los gobiernos provinciales elegidos por sus pueblos. Ya lo vimos en los ataques a Chubut, Santa Fe, La Rioja, Formosa, Río Negro, Tierra del Fuego, La Pampa y con cualquier gobernador que se atreva a defender los intereses de su provincia. Ahora bien, el Presidente parece olvidar algo fundamental: él gobierna la Nación pero no las provincias. Los gobernadores no somos empleados del Presidente. Representamos a nuestro pueblo y tenemos la obligación de defender sus derechos e intereses. En este contexto de desintegración que provoca la deserción del Gobierno Nacional y la exaltación del egoísmo, la provincia de Buenos Aires ratifica su compromiso con el federalismo, con la democracia y con la Constitución. Vamos a seguir trabajando con todas las provincias, independientemente del signo político de quien gobierne, como lo hemos hecho con Chubut, Corrientes, Río Negro, La Pampa y Santa Fe. Esa es nuestra manera de honrar la solidaridad, la justicia social y los principios que nos unen como pueblo: ‘Nadie se salva solo.”  

“Desde el primer día de su gobierno, el presidente Milei dejó en claro su objetivo: desmantelar el Estado, eliminar sus funciones esenciales, desertar de las responsabilidades que la Constitución le impone. En una primera etapa, durante la campaña electoral, algunos pudieron pensar que se trataba de excesos actorales. Pero transcurridos 15 meses de esta nueva etapa, queda claro que no se trata de opiniones ni de interpretaciones; la deserción del Estado Nacional es un hecho concreto y una estrategia deliberada: se recortaron los fondos destinados a la seguridad, se paralizaron las transferencias para educación, salud, se detuvieron las obras públicas que construyen dignidad, desarrollo e integración. En resumen, se abandonó a las provincias y al pueblo a su suerte, imponiendo un egoísmo de Estado, un auténtico sálvese quien pueda. La deserción del Gobierno nacional no solo es una cuestión económica o administrativa, es también un proyecto de desintegración nacional. Perón decía que su objetivo era terminar con el Estado indiferente y abstencionista. Javier Milei impulsa un Estado Desertor, que renuncia a proteger, a educar, a curar, a integrar, a desarrollar. No es un descuido, no es un error: es un plan. Milei no solo busca achicar el Estado, quiere desintegrarlo, quiere desmantelar la comunidad, quiere dividirnos para debilitarnos.

Déjenme ejemplificar qué significa y qué consecuencias tiene que el Estado Nacional deserte, que se borre: En transporte, significa inmensos aumentos en los boletos de colectivo tanto en el interior como en el AMBA, significa un tarifazo energético, significa aumentos impagables en los precios de los medicamentos, significa menos salario para los docentes, significa cerca de 1.000 obras paradas de agua, cloaca, vivienda, vialidad, significa el total abandono de las rutas nacionales, significa menos recursos para patrulleros y seguridad. Lamentablemente, muchas veces el Estado no llega o lo hace deficientemente, en realidades donde subsisten deudas e intolerables desigualdades. Pero lo que Milei encabeza no es un Estado ausente o deficiente, sino un Estado desertor, que renuncia, que se borra, que deliberadamente desconoce sus obligaciones. No es casualidad que Milei no solo retire al Estado Nacional sino que tampoco recorra jamás el territorio de nuestro país. En síntesis: nos roban los fondos que nos corresponden, el Gobierno nacional se retira de todas las áreas en las que le corresponde actuar y está en marcha una gigantesca transferencia de ingresos desde la producción y el trabajo hacia el extractivismo y la especulación, de lo nacional hacia lo extranjero.  

Cada área de gestión está atravesada y golpeada por la deserción del Estado Nacional y por las consecuencias del plan económico en marcha. En cada tema, nuestro Gobierno provincial actúa como escudo para proteger los derechos agredidos y como red para atenuar el daño y sostener, en las medida de nuestras posibilidades, el tejido social y productivo. Asimismo, en cada tema, nuestro Gobierno provincial demuestra con hechos que sí hay una alternativa a la motosierra y al ajuste, demuestra que se puede y se debe gobernar en favor del pueblo y cerca de sus problemas”

Inauguración del distribuidor vial que conecta la Autopista Buenos Aires – La Plata con la Avenida 520.

La Argentina es un país con una larga historia de luchas democráticas y también con dolorosas experiencias frente a las cuales debemos mantener el compromiso, como lo hace nuestro gobierno, con la memoria, con la verdad y con la justicia. Políticas concretas, sitios de la memoria. Al respecto, a la Constitución, a las instituciones y al federalismo, las consideramos conquistas fundamentales para nuestra sociedad. Sin embargo, el actual gobierno nacional ataca esos pilares continuamente. A esta altura, ¿queda alguna duda de que estamos frente a un ataque a la democracia misma, entendida como contrato social y como cultura?

Frente a la violencia y al odio que se estimula, es muy importante promover la cooperación de todas las fuerzas políticas en defensa de la cultura democrática, de los derechos humanos y de la vida común. Y con respecto a las deudas pendientes de nuestra democracia déjenme citar a otro argentino,, también agredido por el presidente, por el que siento orgullo y admiración, Hace muy poco, el Papa Francisco le envió el siguiente mensaje a los jueces. Dijo: “Nunca pierdan de vista que no hay democracia con hambre, no hay desarrollo con pobreza y mucho menos justicia en la inequidad”. Por eso, hoy más que nunca, reafirmamos nuestra convicción de que otro camino es posible. No vamos a resignarnos, no vamos a claudicar. El futuro no es de Milei, el futuro es del pueblo.

 

Texto basado en fragmentos del discurso de Apertura de Sesiones Ordinarias del último 2 de marzo de 2025.

“Volver a Keynes”

Este libro, reelaboración de mi tesis doctoral, fue escrito hace ya veinte años. Nació como una reacción al “pensamiento único” neoliberal que imperaba en las carreras de Economía y que sufrimos los que, como yo, nos formamos durante la década de 1990.

Retrocedamos por un momento a esa época. La caída del Muro consagró la idea de que el capitalismo había finalmente triunfado para convertirse en el único sistema económico posible. El discurso imperante sostenía que se había arribado al “fin de la historia”, así como al “fin de las ideologías” en el plano intelectual. Esta victoria en los países centrales contenía también una promesa para los países periféricos: si se adoptaban las recetas y recomendaciones adecuadas, tal y como habían sido planteadas en el llamado “consenso de Washington”, todas las naciones —sin importar cuán rezagadas estuvieran en su desarrollo— estaban destinadas a gozar del mismo nivel de bienestar, alcanzando la “convergencia” con los países más avanzados. Se terminaba así, al menos en teoría, un prolongado debate acerca de las diversas vías posibles para lograr la prosperidad. Había un solo camino exitoso, por lo que la humanidad podía abrazarse al optimismo. Desde la perspectiva de la geopolítica, se iniciaba una etapa con un mundo “unipolar” en el cual el centro económico y político se ubicaba en los Estados Unidos y sus aliados de Occidente.

La caída del Muro de Berlín, 1989.

En el plano de la teoría económica, esta victoria se expresó en un nuevo “consenso” que, rápida y eficazmente, consiguió expulsar todo vestigio de pensamiento económico crítico que no comulgara con la nueva ortodoxia. Era un triunfo en todos los frentes. A esta nueva escuela, que se volvió hegemónica, se la conoció como “síntesis neoclásica-keynesiana”, y fue a su imagen y semejanza que se moldearon los planes de estudio universitarios en todo el planeta. Los “manuales de Economía” elaborados en los centros académicos estadounidenses, junto con los papers de última moda, desplazaron por completo a la enseñanza basada en las obras originales de los autores más relevantes de la historia del pensamiento económico, que cayeron en desuso. Las escuelas y los enfoques no alineados con el pensamiento dominante fueron relegados a algún curso marginal de historia de las doctrinas. Epistemológicamente, como si se tratara de la evolución de las especies y la supervivencia del más apto, se sostenía que la teoría correcta había logrado reemplazar a la supuestamente falsa y antigua, de la que ya se habían conservado todos los elementos de verdad. En consecuencia, dedicarse a las fuentes originales era una pérdida de tiempo.

Sin embargo, para muchos de quienes nos estábamos formando como economistas dentro de este encuadre —en particular en países como el nuestro— no estaba todo bien: algo olía a podrido. La realidad de nuestras sociedades, visiblemente, no coincidía para nada con los pronósticos luminosos. De hecho, en la Argentina se adoptaron a rajatabla las recetas de la escuela dominante, pero la promesa de alcanzar el desarrollo no se estaba cumpliendo, ni mucho menos. Lejos de traer prosperidad, las políticas neoliberales de endeudamiento, privatización, desregulación, apertura indiscriminada y pérdida de derechos no hacían más que profundizar la dependencia económica y la desigualdad social. Era una fiesta, sí, pero para muy pocos. La teoría económica que se predicaba como verdad revelada, ahistórica y aplicable indistintamente a cualquier experiencia local, resultaba incapaz de dar cuenta de la realidad imperante y de las dificultades y frustraciones que se atravesaban.

En ese clima y ante esa situación, parte de la generación de economistas a la que pertenezco comenzó a buscar explicaciones y respuestas en teorías económicas alternativas a las que admitía la enseñanza oficial. Así, en varias universidades de la Argentina comenzaron a formarse grupos de estudio que abordaban de primera mano las obras teóricas originales, en vez de los manuales premasticados que primaban en los planes de estudio. Fue así como me encontré leyendo y debatiendo, junto con otros compañeros y unos pocos profesores, por fuera de la currícula, a autores clásicos como Smith, Ricardo y Marx; a los primeros marginalistas como Jevons, Menger y Walras; a los estructuralistas latinoamericanos como Prebisch o Diamand; y, por supuesto, a John Maynard Keynes, protagonista de este libro.

John Maynard Keynes.

Mi primer encuentro con La Teoría general de Keynes resultó un verdadero descubrimiento. A través de los estudios de grado, creía haber conocido muy bien el núcleo de sus ideas, ya asimiladas por la ortodoxia. Sin embargo, descubrí que esa construcción constituía una formidable estafa intelectual. La obra más importante de Keynes —y para muchos, de todo el siglo XX— contiene en realidad una crítica profunda, frontal y demoledora a las teorías que se enseñan en su nombre. Dediqué mi tesis y este libro a denunciar ese fraude y a exponer críticamente las ideas originales que se presentan en La Teoría general.

Publicadas en 1936, las teorías de Keynes se forjaron y fueron abriéndose camino durante un período de grandes acontecimientos y catástrofes que atravesó el capitalismo de comienzos de siglo XX: la Revolución Rusa, la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión y el surgimiento del fascismo y el nazismo. Los aportes de este autor, en apretada síntesis, representaron un intento de derrocar la doctrina del laissez-faire. Según la teoría clásica de entonces, el sistema capitalista cuenta con dispositivos propios y autónomos que aseguran la plena ocupación de los recursos disponibles. En otras palabras, si se dejan las cosas en libertad, es decir, si el Estado no interviene, la actividad económica privada, a través de los mecanismos de mercado, marcha inexorablemente hacia el pleno empleo o, dicho a la inversa, las crisis prolongadas jamás pueden ocurrir. Sin embargo, la crisis de los años treinta se había encargado por sí misma de demoler esa creencia. Keynes, por su parte, se propuso proveer una fundamentación teórica sólida para la intervención del Estado que fuera capaz de sacar a la economía de la crisis. Iba a contramano de la fe ciega en la invulnerabilidad del mercado que tenían los economistas consagrados de su época. Pero no se trataba meramente de proporcionar herramientas prácticas, sino que el proyecto de Keynes apuntaba también a revolucionar los conceptos fundamentales de la teoría económica (mercancía, dinero, capital), distanciándose radicalmente del pensamiento de sus antecesores clásicos.

Lo interesante es que, con el paso del tiempo, apagadas ya las brasas candentes de la revolución keynesiana, el pensamiento económico oficial se abocó a ocultar las críticas más profundas y las explicaciones más originales del autor para regresar subrepticiamente a un lugar muy cercano al punto de partida. A través de numerosas y laboriosas aportaciones, se ensayó una imposible reconciliación entre Keynes y sus enemigos teóricos. Así, progresivamente, se volvió a una representación en la que la libertad de mercado era por sí sola garante del funcionamiento armónico del sistema económico. El único cambio atribuible a Keynes era que reservaban para el Estado intervenciones puntuales, quirúrgicas y transitorias, convirtiéndolo en un simple y burocrático asistente en la estabilización de la economía. De la revolución teórica que desencadenó la Teoría general y de sus aportes conceptuales no quedó ni huella. La paradoja de esta apropiación de Keynes por parte de la ortodoxia es que, en su nombre, se volvió a la enseñanza de las mismas teorías que él intentó superar. Este libro se dedica a demostrar la violencia de esta tergiversación, de este ocultamiento, y a recuperar los aportes originales del autor a la teoría económica.

En los veinte años que transcurrieron desde la primera edición de este libro, mucha agua pasó bajo el puente. Y, sin embargo, creo que su propósito no perdió vigencia, más bien al contrario. Volvamos a la América Latina de fines de los noventa. Por entonces, se volvió inocultable el fracaso de las políticas neoliberales de apertura comercial y libre mercado. Sucesivas y profundas crisis azotaron la región y todo el andamiaje ideológico que le daba sustento al neoliberalismo voló por los aires, junto con el apoyo social que había conseguido. Se inició así, en la región, un ciclo de gobiernos posneoliberales de orientación popular que, con características propias en cada país, debieron abocarse, antes que nada, a la tarea común de reconstruir y reparar el daño social y productivo infringidos por los lineamientos del consenso de Washington. Aunque no carente de tensiones y dificultades, fue una época caracterizada por un ciclo de crecimiento con inclusión social y en la que se dieron pasos decisivos para la integración regional. Con o sin alusiones directas a la teoría keynesiana, el neoliberalismo fue sustituido por políticas de fuerte intervención estatal en la economía. Políticas que dieron contundentes resultados en materia de crecimiento e inclusión social, de desarrollo y defensa de la soberanía.

Crisis de diciembre de 2001.

Sostuve en otra parte (Kicillof y Ceriani, 2009) que la crisis de 2008 (conocida también como la crisis de Lehman Brothers o de las hipotecas subprime) puso de manifiesto, con espectacularidad, que el mundo unipolar con los Estados Unidos en el centro se encontraba totalmente descompuesto. Fue la mayor crisis desde la Gran Depresión. Lo que comenzó como un colapso bursátil, financiero y bancario pronto desembocó en una recesión de escala planetaria, que dejó expuestos gravísimos desequilibrios estructurales. En particular, se volvió evidente el desafío que representaban para la economía mundial el ascenso de China y su bloque de influencia. Para salir de la crisis, las grandes potencias implementaron gigantescos salvatajes a la banca y las finanzas. En los debates que suscitó la crisis, cabe señalar que ya no se le escapaba a nadie que las instituciones de Bretton Woods, provenientes del mundo de la posguerra, habían sido desbordadas y resultaban ya anacrónicas. Los especialistas clamaban por una profunda reforma de la “arquitectura financiera internacional”, por mecanismos de control de capitales, por regulaciones eficaces y por una mayor capacidad para cobrar impuestos a los capitales trasnacionales. Por supuesto, nada de eso ocurrió.

Una vez superada la etapa aguda de la crisis, la economía mundial quedó sumida en un estado permanente de fragilidad e incertidumbre sin precedentes recientes. Lo cierto es que la inestabilidad del sistema trajo en lo sucesivo enormes dificultades para todos los gobiernos: los Estados y sus herramientas de política económica parecen ser insuficientes e inadecuados al momento de lidiar con los nuevos y crecientes desafíos de un mundo en transición. Así, se ha observado que, desde entonces, los gobiernos (tanto de izquierda como de derecha, populares o aristocráticos) están experimentando enormes dificultades para cumplir con las expectativas de los votantes. La alternancia se convirtió en la norma. Los oficialismos rara vez consiguen la reelección, y los países transitan su historia, por así decir, a los barquinazos: alternando políticas de un signo y de otro, sin dar nunca en la tecla.

¿Qué puede aportar el pensamiento de Keynes a toda esta confusión? Aunque el fenómeno es bastante reciente, en varios países, los sucesivos fracasos de los gobiernos de los partidos y coaliciones tradicionales dieron paso a dirigentes que, venidos de fuera del sistema político partidario (outsiders), proponen una transformación simple: retirar o directamente destruir el Estado. En efecto, atribuyen el malestar y las frustraciones del presente a la intervención estatal en la economía en beneficio de “los políticos”.

 

Trump, Bukele, Abascal y Milei.

Si se observa esta ideología en perspectiva histórica, surgen algunas conclusiones perturbadoras. La Gran Depresión de los años treinta demostró que, cuando la economía funciona según sus propias leyes, sin ninguna intervención ni regulación, lejos de asegurar el crecimiento sostenido y la distribución equitativa de los ingresos y las riquezas, se generan profundas crisis de las que solo se puede salir con enérgicas medidas de política económica. Sin embargo, transcurridas varias décadas, con un sistema capitalista que hoy atraviesa inmensas y visibles dificultades, ganó fuerza la idea de que, en realidad, hay que desembarazarse por completo del Estado para mejorar el funcionamiento de la economía. Es como volver al punto de partida, sin haber aprendido nada.

Acaso la revisión de la trayectoria intelectual de Keynes y de sus principales aportes permita echar algo de luz en torno a los debates actuales referentes al grado de intervención del Estado y, sobre todo, a los alcances y los límites de los mercados desregulados para asegurar el bienestar social. Con la lectura del libro, espero dejar demostrado que, la mayoría de las veces, sin saberlo, cada teoría económica que se postula a sí misma como verdadera y eterna no es más que la expresión de determinadas condiciones históricas transitorias cuyos rastros pretende ocultar.

Axel Kicillof – Prólogo de “Volver a Keynes”.